"A Toda Vela"

Palacete del Embarcadero
Santander
Spain

3 Agosto - 2 Septiembre, 2007

 

S A I L S

 

The painter was driving south along the Malibu coastline when a gust of wind shook his mini-van with such ferocity that it not only nearly sent him into head-on traffic, but it also shook loose the seedlings of an idea.

 

   The painter, incidentally, is a semi-insomniac/semi-workaholic who spends most nights painting by candlelight. He is a keen listener to the voices in his head. Some present elaborate discourses about the cultural zeitgeist, others speak of whimsical, topical things like the missed free-throws in last night’s Lakers game, the obvious drug addictions of the Superman, Batman, and Chewbaca characters that abuse tourists on Hollywood Boulevard, and the opportunities provided by a wind-swept ocean, the latter of which explains the dream he had the following morning.

 

   They came with the wind. First foreskins. Then tortilla chips. Then A-frame houses. Then slices of chocolate cake. Then pieces of pepperoni pizza. Then a wicked witch with a pointy hat who let out an evil laugh that made him think he’d entered the Wizard of Oz. They didn’t so much fly past as they fluttered—dancing, twinkling, begging for attention. The painter was lying on his back on some remote stretch of sand with a notebook in his hand. He was taking notes with a pen that had run out of ink.

 

   When he awoke that afternoon he found himself in nearly the exact same position he’d been in in the dream, though at the time it didn’t register. In fact it wasn’t until later that evening when he went to his favorite café and ordered his usual ham and eggs and raised a wedge of toast to his mouth that it all came back to him—

 

   Triangles.

 

   Triangles delivered by wind.

 

   Triangles dancing on the wind.

 

   It was the proverbial lightbulb that every artist aspires to. He tossed his toast back to his plate, pulled his notebook from his pocket, and went to scrawl his idea but found that his pen had run out of ink. And while another man might’ve borrowed a writing utensil from the waitress, the painter—ever the improviser—stuck his pen into his coffee and wrote the following five letters into his notebook:

 

   S A I L S

 

  

 

Jamie Brisick

“A TODA VELA”
 
El pintor iba conduciendo en dirección Sur por la costa de Malibú, cuando una ráfaga de viento zarandeó su mini-volumen con tal virulencia que no solo casi le envió frente al tráfico que venía en dirección contraria, sino que además sacudió las semillas de una idea.
 
El pintor, incidentalmente, es un semi-insomne/semi-trabajador-obsesivo que pasa la mayoría de las noches trabajando a la luz de las velas. Es un atento oyente de las voces en su cabeza. Algunas presentan elaborados discursos sobre el clima cultural de una era, otras hablan de caprichosos asuntos de actualidad, como los tiros libres fallados por los Lakers en el partido de la noche anterior, las evidentes drogadicciones de los imitadores de Superman, Batman y Chewbaca que abusan de los turistas en Hollywood Boulevard y las oportunidades proporcionadas por un océano barrido por el viento, la última de las cuales explica el sueño que él tuvo la mañana siguiente.
 
Llegaron con el viento. Primero los Nachos (esa especie de patatas fritas mexicanas de maíz). Luego las casas en forma de “A”. Después los pedazos de tarta de chocolate. Más tarde las porciones de pizza. Y entonces una bruja malvada con un gorro puntiagudo dejó escapar una risa endiablada que le hizo pensar que había entrado en el Mago de Oz. Todos ellos pasaron, no tanto volando, sino más bien revoloteando, bailando, parpadeando, suplicando atención. El pintor estaba tumbado boca arriba en una remota playa con un cuaderno de notas en su mano. Estaba tomando notas con un bolígrafo que se había quedado sin tinta.
 
Cuando despertó esa tarde, se encontró asímismo en una posición casi exacta a  la que había estado en el sueño, sin embargo, en ese momento no se dio cuenta. De hecho, no fue hasta más tarde, esa noche, cuando en su café favorito pidió como de costumbre jamón con huevos fritos y levantó un pedazo triangular de tostada hacia su boca, cuando todas las piezas encajaron-
 
Triángulos.
 
Triángulos entregados por el viento.
 
Triángulos bailando con el viento.
 
Fue la bombilla proverbial a la que todo artista aspira. Tiró la tostada de vuelta al plato, sacó su cuaderno del bolsillo y fue a garabatear su idea pero descubrió que a su bolígrafo se le había acabado la tinta. Mientras que otra persona hubiera pedido prestado a la camarera algo con que escribir, el pintor –siempre improvisando- metió su bolígrafo en el café y escribió las siguientes cinco letras in su cuaderno:
 
 V E L A S
 
Jamie Brisick
 

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Aviso para navegantes.

[Notas en torno a Gómez Bueno]

           

 

            Fernando Castro Flórez.

 

 

 

“Pues también para el arte existe un polo de catexis reaccionaria, una sombría organización paranoico-edípica-narcisista. Un uso sucio de la pintura, alrededor del sucio secretito, incluso en la pintura abstracta en la que la axiomática se las arregla sin fisuras: una pintura cuya esencia secreta es escatológica, una pintura edipizante, incluso cuando ha roto con la santa Trinidad como imagen edípica, un pintura neurótica y neurotizante que convierte al proceso en una finalidad, o en una detención, una interrupción, o en una continuación en el vacío. Esta pintura que hoy día florece, bajo el usurpado nombre de moderna, flor venenosa, que hacía decir a un héroe de Lawrence: "Es como una especie de mero asesinato... -¿y quién es asesinado?... -Todas las entreñas que uno siente en sí de misericordia son asesinadas...

-Tal vez la estupidez es asesinada, la estupidez sentimental, sonrió sarcásticamente el artista. -¿Cree usted? Me parece que todos esos tubos y esas vibraciones de chapa ondulada son más estúpidas que cualquier otra cosa, y bastante sentimentales. Me da la sensación de que se tienen mucha lástima y mucha vanidad nerviosa"”[1].

 

 

 

Semi-enterrados por catálogos de viajes (paraísos del simulacro), guías del ocio (depósitos de la alabanza extrema a lo que acaba de estrenarse), revistas de Ikea (minimalismo anunciado cínicamente para “redecorar tu vida”) y programaciones laberínticas de televisión (inútiles en esa fuga que es el zapping), encontramos un pecio al que agarrarnos: la diversión que, indudablemente, puede tener cualidades subversivas, incluso funcionando como dique contra el “citacionismo”[2], aunque también puede ser el reflejo de un nítido movimiento trivializador. Cuando la misma insatisfacción se ha convertido en una mercancía y el reality show fortifica la voluntad de patetismo, los sujetos consumen, aceleradamente, gadgets y los artistas derivan hacia el bricolage; incluso algunos llegan a incitar a asumir el deliro del mundo de una forma delirante[3]. El arte contemporáneo reinventa la nulidad, la insignificancia, el disparate, pretende la nulidad cuando, acaso, ya el nulo: “Ahora bien la nulidad es una cualidad que no puede ser reivindicada por cualquiera. La insignificancia –la verdadera, el desafío victorioso al sentido, el despojarse de sentido, el arte de la desaparición del sentido- es una cualidad excepcional de unas cuantas obras raras y que nunca aspiran a ella”[4]. Y, sin embargo, el arte consiste, en un sentido radical, en dejar siempre abierta o acaso un poco indecisa la vía del sentido, escapando del dogmatismo tanto como de la insignificancia.

Gómez Bueno es, sin ningún género de dudas, un artista que asume el destino irónico del arte para tratar de conseguir establecer nuevas formas de comunicación en vez de reproducir, ad nauseam, la epidemia de la tontería. Desde sus parodias de campañas políticas a sus experiencias de contacto interpersonal ha ido definiendo un territorio decididamente periférico a la glaciación galerístico-museal. Es precisamente esa singularidad la que ha supuesto que sus procesos plásticos hayan pasado, en cierta medida, desapercibidos. Sin embargo, Gómez Bueno no ha desfallecido en su empeño y periódicamente recibimos noticia de sus “andanzas”, desde las tablas de surf que ha dibujado a los personajes que ha ido creando, una verdadera familia de raros. Hay una estética que une los estilemas del graffiti con el post-pop híbrido que, entre otros, ejemplificaría Murakami que este artista español afincado, desde hace años, en la Costa Oeste America despliega con enorme desenvoltura. Gómez Bueno repite las formas sin llevarlas al desfondamiento, buscando diferentes ritmos visuales, intentando ir más allá del simulacro ornamental. Como Deleuze indicara, el estereotipo puede conseguir que se arranque, desde lo banal, la pequeña diferencia[5].

La ironía, esa posibilidad de apuntar a otra cosa al romper la secuencia convencional de los signos, anuda, como un arte de los matices, la sensibilidad de esta creador. La ironía sólo es vagabunda en apariencia, reconstruye la subjetividad poniendo en relación el desfondamiento del pensamiento con lo trágico. El verdadero devenir-loco convierte al yo en una hendidura, en ese momento el humor se muestra como el acontecimiento puro: toda profundidad y altura abolidas. Aparece un saber de la piel gracias al que se ponen en acción singularidades nómadas, al producirse un corte en el pacto lingüístico, intervienen en la obra como un elemento que no produce empatía, sino simpatía, esto es, diferenciación sin suelo en el que asentarse. Es evidente que el mecanismo de lo cómico, tan importante en la obra de Gómez Bueno, es doble, nos reímos de los otros y lo hacemos, acaso, inconscientemente de nosotros mismos, asimilamos lo extraño y lo reducimos a algo superficial. Jankelevitch subraya cómo al final del ciclo de las irreverencias, cuando se han agotado los insultos y las blasfemias, queda una vibración que es testimonio de la realidad fluida, cambiante, seductora. No se trata de una ignorancia de los valores, sino de una consumación del nihilismo o mejor la expresión más concisa de que el mundo se mueve sin intención ni propósito. “Mientras puedas reír, aunque tengas mil razones para desesperarte -decía Cioran-, debes continuar. Reír es la única excusa de la vida, ¡la gran excusa de la vida! (...) Reír es una manifestación nihilista, igual que la alegría puede ser un estado fúnebre”[6]. Frente a tanto cenizo y “presunto” traumatizado que se regodea, desde una retórica ultra-estetizada, en el nihilismo, Gómez Bueno siempre presenta una obra jovial que nos invita al juego. No dejo de recordar su sonrisa franca y la espontánea búsqueda de complicidad, esto es, el afán de establecer con el otro un diálogo sin meandros tortuosos.

Ahora Gómez Bueno modula su divertido imaginario para ofrecernos una velas multicolores con sus “personajes”: calaveras que nos recuerdan a la bandera pirata, tipos con dientes enormes a lo Ronaldinho, uno con cara de aburrimiento infinito, una pareja con sonrisa melifluas y orejas de formato considerable, el fulano de perfil con mentón prominente, los niños convertidos en esferas o pompas de jabón, un propio con frente infinita y cara de panoli, una papada mayestática, chicas con coletas y dientes como teclas de piano, tres calvos con las cejas arqueadas y pinta de cabroncetes, una tipa de pechos que están a punto de reventar el vestidito o una avispa con ojos desaforados. No cabe duda de que con toda esta flotilla tenemos para organizar una competición que rivalice en glamour con la Copa América. Resulta que todo este tinglado o, mejor, este sorprendente velatorio (en el que no hay, afortunadamente, ningún cadáver) está bajo los auspicios del “Gómez Bueno Rocket Science Institute” que debe ser uno de esos prestigiosos centros que suele citar Punset en Redes, entregados al estudio del calamar abisal o a la comprobación entomológica del Síndrome de Uner Tan. Gómez Bueno es, insisto, un tipo con el mejor de los humores, consciente de que en la época del Hiper-Logo el artista tiene que hacer, con las energías y artimañas que pueda, su contra-marketing. O, por lo menos, tiene que intentar atrapar nuestra mirada, saturada por la realidad convertida en show, con algo que no sea el colmo de lo críptico. Tengamos presente que Ramón Gómez de la Serna hablaba de la comprensión elevada del humorismo que acepta que las cosas no pueden ser de otra manera, se trata de una "forma" que permite recoger lo inconcluso, abrir un espacio de libertad, desmontar las certezas: “toda obra tiene que estar ya descalabrada por el humor, calada por el humor, con sospechas de humorística; y si no, está herida de muerte, de inercia, de disolución cancerosa”[7]. Los autores modernos saben que el humor exige una auténtica vibración con el presente, ser capaces de atrapar la ocasión al vuelo o, circunscribiéndonos al planteamiento marinero de Gómez Bueno, intentar evitar irnos rápidamente a pique.

Aquel “sucio secretito” del arte moderno acaba por revelarse como una obligación de atender al pensamiento divertido, el resultado de “asesinar a la estupidez”. Nuestra peculiar “psicosis” lleva a que veamos a Bartleby no sólo como el maestro del rechazo sino como la presencia insoportable que nos permite pensar en (la llegada de) otra cosa[8]. Y, sin embargo, lo normal es que tengamos más de lo mismo. Sabemos de sobra que el corazón de la política resulta ser la mercadotecnia[9] y que incluso el arte ha asumido, tras Warhol, todas las tácticas del marketing. No es cierto, en cualquier caso, que los artistas tengan que conseguir, cuanto antes, productos. Aunque nuestra conciencia crítica esté bajo mínimos no podemos aceptar que el arte sea una mercancía perfecta o una mera perogrullada. Una de las velas que Gómez Bueno ha preparado tiene su nombre repetido dibujando corazones. Puede parecer candoroso e incluso “provocador”, en realidad es un intento, descarado, de mostrar que podemos componer una identidad diferente a esa ridiculización que nos ofrece la comunicación ortodoxa. Tal vez tengamos que aprender a navegar e incluso, aunque estemos físicamente para el arrastre, sea urgente montarse sobre una tabla de surf. En Grecia ya se hablaba de los hombres como los efímeros, esos que se deslizan en la espuma de las olas. Esa es sabiduría de la buena, la que nos enseña a superar la profundidad tediosa para comprender que en la superficie o, en otros término, manteniéndose a flote podemos encontrar magníficas diversiones y placeres inesperados. Tenemos claro que si no hay viento habrá que remar. Gómez Bueno ha demostrado que, con sutileza y humor, se puede llegar a cualquier sitio. No dejo de admirar su singladura.

 

 

 


[1] Gilles Deleuze y Félix Guattari: El Anti-Edipo. Capitalismo y Esquizofrenia, Ed. Paidós, Barcelona, 1995, pp. 380-381.

[2] “ La diversión es lo contrario de la cita, de la autoridad teórica siempre falsificada por el solo hecho de haberse convertido en cita; fragmento arrancado a su contexto, a su movimiento, y finalmente a su época como referencia global y a la opción precisa que se hallaba dentro de esa referencia. La diversión es el lenguaje fluido de la anti-ideología” (Guy Debord: La sociedad del espectáculo, Ed. La Marca, Buenos Aires, 1995, parágrafo 208).

[3] Cfr. Jean Baudrillard: “Shadowing the world” en El intercambio imposible, Ed. Cátedra, Madrid, 2000, p. 153.

[4] Jean Baudrillard: “El complot del arte” en Pantalla total, Ed. Anagrama, Barcelona, 2000, pp. 211-212.

[5] Cfr. Gilles Deleuze: Diferencia y repetición, Ed. Jucar, Madrid, 1988, p. 461.

[6] Conversación de E.M. Cioran con Lea Vergine en Conversaciones, Ed. Tusquets, Barcelona, 1996, p. 107.

[7] Ramón Gómez de la Serna: Ismos, Ed. Guadarrama, Madrid, 1975, p. 204.

[8] “Bartleby repite “preferiría no hacerlo” y no “no lo haré”: su rechazo no es respecto de determinado contenido sino en realidad el gesto formal del rechazo como tal. [...] Existen dos versiones cinematográficas de Bartleby, un telefilme de 1970, dirigido por Anthony Friedman y una de 2001 ubicada en Los Ángeles actual, realizada por Jonathan Parker; sin embargo, corre un persistente aunque no confirmado rumor por Internet acerca de una tercera versión en la que Bartleby es interpretado por Anthony Perkins. Aunque este rumor termine siendo falso, el dicho se non e vero e ben´trovato se aplica como nunca: Perkins en su modo a lo Norman Bates hubiera podido ser el Bartleby. Puede imaginarse la sonrisa de Bartleby mientras emite su “Preferiría no hacerlo” idéntica a la sonrisa de Perkins en la última toma de Psicosis cuando mira a la cámara y su voz (la de su madre) dice: “No era capaz ni de matar una mosca”. No hay en ello una cualidad violenta, la violencia pertenece a su propio estar inmóvil, inerte, insistente, impávido. Bartleby no podría matar una mosca; eso es lo que hace tan insoportable su presencia” (Slavoj Zizek: Visión de paralaje, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006, p. 466).

[9] Cfr. Richard Sennet: La cultura del nuevo capitalismo, Ed. Anagrama, Barcelona, 2006, p. 117.

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Sailing with Gomez Bueno

By Mia Sevier

 

Gomez Bueno has handed his art over to children.  While in Los Angeles, his most recent show of vibrant and ironic movie poster paintings hangs on traditional gallery walls, in Santander, Spain, his work is entrusted to a more unconventional set of exhibitors, young sailors who will take his art to the water.

 

Gomez Bueno is playful at heart.  He appreciates irony, humour, and novelty and these themes run throughout his extensive body of work.  While other artists often find and capitalize on one particular means of expression, Gomez Bueno values wit and innovation, seeking fresh expressions with each project.  Paintings of perfectly round enormous black stereo speakers, colourful portraits of love-loran classified ad placers, prestigious gallery logos in the fonts of famous rock bands, a surf shop, stickers of large assemblages of faces on actual cars, and a stint as a priest promising redemption are just a few of Gomez Bueno´s productions.  He delights in new creations and experimentation, mixing elements together to create novel and unexpected combinations of popular culture and art, mischievously producing good natured creations that tease and amuse.  Crossing genres and boundaries, his work can not be easily categorized or labelled.  Conceptual, pop, commercial, fine, cartoon, surf, skate, street, and classical, it is clearly creative. To understand it, it is best to view it. 

 

Gomez Bueno likes an artistic challenge.  Conceptualizing the sail project in his Los Angeles studio, Gomez Bueno orders sails in small batches and begins to paint them before he has secured any place, or any one, to sail them.  In his white and sterile studio, under florescent lights, the vivid sails he paints seem confined and out of place.  They are concaved, designed for wind and pose a challenge to paint as they do not lie flat against the studio walls.  He takes them to a nearby California surfing beach, Huntington Beach, to photograph near the water, and the sails start to come to life, whipping in the wind, refusing to lie still for the camera, and almost escaping across the sand towards the ocean.  The sails need boats and sailors to take them to sea.  Almost magically, things fall into place.  The picturesque Escuela Cantabra de Vela, perched upon a small island of grey rock that rises out of the Santander bay on the Island of the Tower, agrees to hoist the sails on aptly named, optimist boats.  They will navigate the sparking waters around the school flanked by historical structures and golden sandy beaches crowded with bathers.

 

The bright sails of “A Toda Vela” provide a happy contrast with the plain white sails that usually adorn boats.  Perhaps influenced by living amongst the famous beauties of Los Angeles, Gomez Bueno has assembled his own odd cast of characters to star in this art project.  He mimics and distorts the realities of the commercial world around him, promoting his own set of obscure and eccentric stars towards celebrity and fame.  In enticing and vivid colors, cartoon portraits of his heroes, villains and starlets appear on the sails, with weathered faces, chubby cheeks, and wide smiles that are eager to please, along side the bright logos of the sponsoring artist.  Gomez Bueno has turned his name into a brand which he markets and displays alongside the personalities that he is endorsing.  “A Toda Vela”, mimics the product placement and commercial images which common part in modern everyday life.  Most people have become so accustomed to the omnipresent marketing logos that promote companies and products that they often fail to notice them for what they are.  By inserting these entrepreneurial elements into art Gomez Bueno brings this consumerist process from the background to the foreground of our attention. 

 

After endless hours labouring alone, carefully producing each piece by hand, often with such perfection that his work appears to have been mechanically produced, Gomez Bueno is ready for company and ready to share his art with others.  In the past few years he has been seeking unusual venues to bring his art to a wide public audience, including pasting it on cars that roam the streets, hanging it on the outside of a cultural centre building in Tijuana, Mexico, pioneering the now ongoing tradition of decorating parking kiosks in the streets of Santander, and creating large scale paintings to be viewed while driving down Sunset Boulevard in Los Angeles.  Floating his paintings in the bay is an unlikely and usual, but understandable, extension of this trend.  Gomez Bueno wants to entertain.

 

When he first unrolls the sails he has painted for “A Toda Vela”, “Full Sail,” the children who will put them out to sea gather around. They are appreciative.  Their excited exclamations fill the air in colorful bursts of sound as they wiggle, gesture, laugh, and choose.  In smiling clusters they hover, looking eagerly on as each sail is unfurled. “How cute!”  “How funny!”  “That one….I like that one!”  Soon their small hands grasp the sail paintings, which wrinkle and twist as the children tie them to the masts and carry them towards the awaiting boats.  Travelling across the water, the paintings catch the wind, are sprayed by the sea, and propel the young sailors around the bay as the artist follows in a powerboat, shooting photos to capture the event.

 

“A Toda Vela” crosses the boundaries between art, marketing, and sport.  In the summer, bathers flock to the shoreline and boaters cruise the waters.  Bringing art to this setting makes it available to the masses. The frame shifts.  Those who encounter and view the art become spectators.  Onlookers become participants as they form an audience for the sailing event.   Personalities are promoted.  Brands are marketed.  Fans emerge.  The sailing of the paintings becomes a sporting event, like a soccer game or a bull fight.  The audience watches as the images navigate across the water, forming varying compositions in changing juxtaposition with the natural elements of the bay and the historical structures that line the shore.  Providing entertainment, complete with action, stars, and sponsors, something more complex arises than offered by art displayed in a gallery alone.  Gomez Bueno has transformed his art into recreation.

 

Gomez Bueno offers “A Toda Vela” up for contemplation by a wide audience.  While underlying subtleties in meaning and purpose of the project are left open to individual interpretations, one aspect is clear.  All who view the project recognize the entertainment value offered by this of this improbable combination of blowing wind, blue sea, and fine art, and, many are indeed amused.